Entrenamos el cuerpo, pero… ¿quién entrena nuestra paz?

Vivimos convencidos de que el cansancio forma parte de la vida adulta. Nos levantamos con sueño, pasamos el día corriendo de un lado para otro y terminamos el día con la sensación de no haber llegado a todo. Lo curioso es que no nos preguntamos por qué, simplemente lo aceptamos.

Sin embargo, no creo que hayamos nacido para vivir permanentemente agotados.

Como entrenador veo algo que se repite con frecuencia, mis pupilos no terminan cansados por el esfuerzo físico, sino lo que realmente les pesa es la cabeza. El trabajo, el móvil, las preocupaciones, la sensación de tener que responder a todo y de inmediato… Es un desgaste silencioso que no siempre vemos, pero que acaba pasando factura.

Nuestro organismo no distingue demasiado bien entre un león que aparece de repente y un correo urgente recibido a las once de la noche. Ambos activan mecanismos parecidos. El corazón se acelera, aumenta la tensión y el cuerpo se prepara para actuar. La diferencia es que antes el peligro duraba unos minutos; ahora puede acompañarnos durante meses.

Ahí está uno de los grandes problemas de nuestra época. Vivimos en alerta, aunque permanezcamos sentados frente a una pantalla. Por eso muchas personas dicen que están agotadas incluso después de dormir ocho horas. El cuerpo descansa, pero la mente sigue corriendo.

Paradójicamente, nunca habíamos tenido tantas comodidades y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil desconectar. Revisamos el teléfono casi sin darnos cuenta, encadenamos vídeos de pocos segundos, respondemos mensajes mientras comemos y hasta nos cuesta esperar una cola sin mirar una pantalla. Hemos acostumbrado al cerebro a recibir estímulos constantes y luego nos sorprende que no sea capaz de descansar.

En el deporte aprendemos pronto que no existe mejora sin recuperación. Ningún atleta sensato entrenaría al máximo todos los días. Después de una sesión exigente llega el descanso, porque es ahí donde el organismo se adapta y se hace más fuerte.

Sin embargo, en la vida hacemos justo lo contrario. Exigimos cada vez más a nuestra mente sin darle tiempo para recuperarse. Queremos rendir al cien por cien todos los días, en el trabajo, en casa, con la familia, en los estudios y hasta en el ocio. Y cuando aparecen el cansancio o la falta de motivación pensamos que el problema somos nosotros.

Quizá no sea falta de fuerza de voluntad. Quizá llevamos demasiado tiempo sin bajar el ritmo.

Hay otro detalle que me llama especialmente la atención. Cuando alguien está estresado suele pensar que necesita más tiempo para trabajar, cuando muchas veces lo que realmente necesita es moverse. Caminar, correr unos kilómetros, montar en bicicleta o simplemente salir a dar un paseo cambia por completo el estado de ánimo.

No es casualidad. Nuestro cuerpo fue diseñado para gestionar el estrés en movimiento. Cada entrenamiento bien planteado no solo fortalece el corazón o los músculos; también ayuda a apagar ese exceso de activación que vamos acumulando durante el día.

Por eso tantas personas terminan una sesión diciendo: «Hoy necesitaba esto». No hablan solo del ejercicio. Hablan de haber recuperado un poco de orden por dentro.

También conviene recordar que no todo depende de la planificación o del rendimiento. Hay una parte de nosotros que necesita silencio. Necesita detenerse para escuchar, agradecer y poner cada preocupación en su sitio.

Sinceramente pienso que buscar momentos de tranquilidad y de oración, no son una pérdida de tiempo, sino un alimento para nuestro interior que en la época actual nos tratan de anular con acupaciones y estímulos constantes.

Por otro lado, no podemos eliminar todas las preocupaciones del día a día, pero sí elegir cómo respondemos a ellas.

Dormir bien, entrenar con regularidad, pasar tiempo en la naturaleza, no aislarnos y hablar cara a cara con las personas de nuestro entorno, limitar las pantallas y reservar unos minutos al día para el silencio o la oración son pequeños hábitos que, mantenidos en el tiempo, cambian mucho más de lo que imaginamos.

Al igual que una maratón se construye paso a paso, la serenidad también se entrena.

Porque cuidar la salud no consiste únicamente en tener un cuerpo fuerte. Significa aprender a vivir con equilibrio (cuerpo-mente-alma).

Por si te aburres este verano te dejo un libro sobre lo perjudicial del estrés, escrito por el divulgador científico Robert Sapolsky: