En un deporte donde parece que solo importan los resultados, Luis de la Fuente ha demostrado que también es posible hablar de valores, de familia,….
Nunca ha hecho de ello una campaña publicitaria. Al contrario. Su forma de vivir ha sido siempre discreta, natural y coherente. Quienes le conocen destacan que es el mismo delante de una cámara que en la intimidad. Y eso, en el deporte de élite, ya dice mucho.
Hay una idea que repite con frecuencia y que va mucho más allá del fútbol:
«El éxito es levantarse una vez más de las que te caes.»
Todos caemos. Todos fallamos. Lo importante no es no equivocarse, sino volver a levantarse con humildad y seguir caminando.
Esa manera de pensar se refleja también en su liderazgo. En una época en la que abundan los egos, Luis de la Fuente insiste en que el grupo está por encima de las individualidades. Habla de COMPROMISO, de SOLIDARIDAD, de GENEROSIDAD, de ESFUERZO COMPARTIDO, de SERVICIO AL EQUIPO,…
Valores profundamente cristianos que, aunque no siempre los presente con ese lenguaje, nacen de una manera concreta de mirar a las personas.
No es casualidad que muchos de sus jugadores hablen de él como un entrenador cercano. Exige mucho, pero también escucha. Corrige, pero anima. Lidera desde la autoridad, no desde el miedo. Sabe que detrás de cada futbolista hay una persona con alegrías, heridas y sueños.
En distintas entrevistas ha reconocido que la fe ocupa un lugar importante en su vida. También ha explicado que el gesto de santiguarse antes de los partidos no es una superstición ni un ritual para ganar, sino una expresión sencilla de quién es y de lo que cree.
Su forma de entender la vida es muy cercana al Evangelio. Su testimonio también rompe un tópico muy extendido: creer no significa desentenderse del trabajo. Todo lo contrario. Luis de la Fuente transmite una auténtica cultura del esfuerzo. Preparar cada entrenamiento, cuidar cada detalle y trabajar con paciencia forman parte de su manera de entender la profesión. La fe no sustituye al esfuerzo; le da sentido.
Los que somos cristianos, a veces podemos caer en la tentación de pedirle a Dios que resuelva nuestros problemas mientras nosotros hacemos lo mínimo. El ejemplo de Luis de la Fuente recuerda algo muy distinto: «CONFIAR EN DIOS NO SIGNIFICA ESPERAR MILAGROS SIN TRABAJAR, SINO DAR LO MEJOR DE UNO MISMO Y DEJAR EL RESULTADO EN SUS MANOS».
Quizá esa sea una de las razones por las que transmite tanta serenidad incluso en los momentos de mayor presión. Cuando la identidad no depende exclusivamente del marcador, las victorias se disfrutan con humildad y las derrotas se afrontan sin perder la esperanza.
El deporte necesita referentes así. Personas que demuestren que competir al máximo nivel es compatible con vivir unos principios sólidos. Que el respeto, la honestidad, el sacrificio y la humildad no son signos de debilidad, sino la base de los grandes equipos.

Luis de la Fuente nos recuerda que el verdadero éxito no consiste solo en levantar un trofeo. El éxito es poder mirarse al espejo al final del día sabiendo que uno ha sido fiel a sus convicciones.
¿Y nosotros qué podemos aprender?
No hace falta ser seleccionador nacional para vivir como vive Luis de la Fuente. Cada entrenamiento y cada jornada de trabajo son una oportunidad para hacerlo y aquí te dejo unos consejos-reflexiones:
>> Antes de empezar el día, dedica un minuto a dar gracias. No por los resultados que esperas conseguir, sino por el simple hecho de poder intentarlo.
>> Entrena con disciplina, aunque nadie te esté viendo.
>> Compite con intensidad, pero sin olvidar que el rival no es un enemigo, y no pasa nada si pierdes o la competición no sale como querías, lo importante es intentarlo.
>> Aprende a perder sin buscar excusas y a ganar sin sentirte superior. La humildad engrandece cualquier derrrota y victoria.
>> Y, sobre todo, recuerda que el éxito no consiste solo en llegar el primero.
«EL VERDADERO ÉXITO ES CONVERTIRSE CADA DÍA EN MEJOR PERSONA».

—- Porque las medallas, las marcas o los triunfos pasan, pero los valores que tienes permanecen —-



