La reciente visita del Papa León XIV a España dejó un montón de titulares, pero hubo un mensaje que a mí, como entrenador, me tocó de cerca. En varias ocasiones habló del deporte como una herramienta capaz de educar, unir a la gente y transmitir unos valores que hoy en día se echan bastante de menos. Me gustó escuchar una perspectiva que no reducía la actividad física al negocio o al espectáculo de la tele, sino a algo profundamente humano.

Quienes pasamos el día entrenando, compitiendo o intentando llevar una vida activa, sabemos perfectamente que esto va mucho más allá de bajar un segundo la marca o cruzar una línea de meta.

El problema es que vivimos en una sociedad completamente obsesionada con los números: queremos correr más rápido, levantar más kilos o acumular kilómetros en las aplicaciones de rendimiento. Con el foco puesto solo en el resultado inmediato, a veces nos olvidamos de que el verdadero valor de entrenar no está en lo que consigues al final, sino en la persona en la que te vas convirtiendo por el camino.
El Papa definía el deporte como una «ESCUELA DE FRATERNIDAD», y es una verdad como un templo. Te obliga a convivir con gente distinta, a respetar normas comunes, a mirar de frente tus limitaciones y a valorar el esfuerzo ajeno.

De hecho, hay una frase que se le ha atribuido estos días que lo resume a la perfección, señalando que… «el deporte es una escuela donde aprendemos a perder sin odiar, a ganar sin humillar y a levantarnos después de caer». Si me piden definir qué significa realmente entrenar, no encontraría mejores palabras.
Pero claro, los que llevamos años metidos en esto sabemos que los días de gloria, cuando todo sale rodado, son la excepción y de ellos se aprende más bien poco. Las lecciones de verdad llegan cuando aparece esa lesión que te frena en seco, cuando los resultados no acompañan o cuando toca salir a cumplir a pesar del cansancio y la frustración.

En mi día a día veo a personas que llegan buscando simplemente mejorar su físico o perder peso, y acaban encontrando algo muchísimo más profundo. El deporte bien entendido esculpe virtudes esenciales como la disciplina para cumplir cuando no apetece, la humildad para aceptar que siempre se puede mejorar, y la perseverancia para tolerar la incomodidad. Esas herramientas no se quedan en la pista o en el gimnasio; luego te las llevas puestas al trabajo, a la familia y a tu vida diaria, porque entrenar el cuerpo es, en última instancia, educar el carácter.
Además, aunque nos preocupamos mucho por la nutrición, el descanso o los ritmos de carrera, solemos dejar de lado la salud interior. Vivimos pegados a las pantallas y al ruido constante, pero quienes practicamos deporte conocemos bien ese momento mágico en el que la mente por fin se calla y uno se encuentra consigo mismo, ya sea en una carrera al amanecer o en una ruta por la montaña.
Los creyentes lo llamamos dimensión espiritual y nos devuelve a nuestro centro. Por eso el Papa insistía en cuidar a la persona de forma integral: cuerpo, mente y espíritu.
¡¡VIVA EL PAPA LEÓN XIV!!

Por cierto, al hilo de la visita del Papa y los valores cristianos que aporta el deporte, me resultó interesante las palabras de Antonio Banderas, durante el encuentro con artistas y deportistas, donde hablaba de cómo el ser humano necesita recuperar su alma y su profundidad frente a un mundo que corre demasiado rápido, al escucharlo, no pude evitar pensar que el deporte comparte esa misma esencia:

